El cuento del alma que salía y la sexión espiritista

Puesiesque en un cuartito onde ponían las gayinas salía el alma. Y un día yegaron don Coco (quera un viejito que nuera ductor sino que anciano, porque asi le decían), don NicaÑor (barbechivo), la niña Catalupa, don Iñigo Noriega y el cura padre, que le decían padre Blanco y era bien prieto, y vestido de prieto, y zapatos prietos, y uñas prietas; sólo unos dientes bien nuevitos y relumbrosos, queran chelitos y le relampaguiaban porque andaba mico con eyos. Y yegaron y dijeron: “Don Chirilo: queremos alumbrar una sexión espiritista en su cuarto onde sale el alma”. “Bueno” les dijo don Chirilo, quera el dueño de la casa, “pero les salpico que no traten de meterme a yo en esas cosas, porque yo en primerlugar no creyó y en tercer lugar tengo un cayo en un dedo y en cualquier carrera me pondriyan las patas en el mero cuento”. “Bueno” le dijeron, y se jueron al traspatio y preguntaron: “¿Cuándo salió laíma que la vieron por última vez?” y la Circacia questaba de mirona y oyidora les dijo: “Yo la vide lúltima vez salir con lampara y meterse ayí”. Y la niña Catalupa le dijo: “No se dice lampara sino lámpara”. “No” le dijo la Circacia, “Si Lampara es mí primermana camal y así se yama: Ampara”. “¡Ah vaya!” dijo el cura: “Entonces el alma no salió con una lámpara sino questa taba con la Amparo cuando vieron salir lalma del cuartito y que se metió ayí”. “¡Esués!” le dijo la Circacia, “el padre sí comprende enderezado lo quiuno anda diciendo; ¡comués padre!…” y se tiró una carcajadota bien chabacana en la palmelamano. “¿Y cómo es de apariencia el alma?” le dijo el padre Prieto a la Circacia. “¡Ah!” le dijo, “bien enjutada, como ver una candela mechona, y se priende todeya, veya, como cuando escupen las estre-yas que dejan colita de chíspeyo” y se tiró otra carcajadota chabacana en lotra mano. “¡Qué muchacha más cueril!”, dijo enojada la niña Catalupa, y se metieron en el cuarto y pidieron una mesita sin clavos, Y la Circacia se jué a la cocina y diay regresó y dijo: “¡Diaquí que liarranque todos los clavos a esa papada!”. “No, niña” le dijo don Coco “si liarrancás los clavos nos vas a trer los pedazos. Trayé un velador pegado con cola”. “¡Ah la puerca!” le dijo la Circacia, “solo que me traiga el gato, qués el único velador con cola, porque ni duerme de noche, pero araña el irfeliz!” y se carcajió otra güelta en las dos manos. “¡Qué muchacha más cueril!”, volvió a decir la niña Catalupa, “trete cualesquier mesa quiayés”!. Y se jué bien juriosa la Circacia, murmuyando por debajo: “¡Ucurrencias de viejos, como si los espíretos almorzaran para andarles poniendo la mesa!”. Y pusieron en el cuartito la mesa diun descusadito para enfermos y sencerraron los viejos sentados enderrededor, con las manos encima bien engrampiadas por los dedos y apagaron la candela. Y como bían cerrado la puerta, la Circacia no pudo curiosiar y se enojó y le dijo a la cocinera: “¡Egóishtos, quiojalá se les siente Jalma en el mero hoyo del descusado questán manganetizando, que le dicen, y les haga alguna barbarie!”. “¡Cayáte, niña!” le dijo la cocinera, “las almas no se desocupan!”. Y al buen rato destar en cayazón que no pasaba nada, sólo una tripa que le yoró a don Iñigo Noriega y un chiflido que le salía de la nariz a don NicaÑor, que tenía trancazón, dijo el cura Prieto: “¡Si hay armas délo tro lado, que levanten la pata!” Y si la levantaron, por lo menos no se miró. Y don Coco dijo: “No vamos a conseguir reportes ni estirilizaciones: quizá el médium no tiene mucha cataplasma”. “Cuede ser” dijo don Iñigo. “Pero el jluido está juerte” dijo la vieja: “yo lo siento irculiando de mano en mano”. Eneso, diun rincón salió una voz que dijo: “¡Y cué!”. “¿Oyeron?” dijo el cura. “Sí” dijeron, “Son los primeros interticios de que contestan”. “¡I cué!”, hicieron más duro en el rincón. Entonces empezaron a temblarle las quijadas a los viejos y les hacía pis pis el comiarroz, y cuando dijeron en el rincón: “¡Güevo!” y se sonaron, tiraron la mesa encima de don NícaÑor y salieron ai patio yevándose la puerta de incuentro. Entonces, al gran ruidazo y la gran samotana salió cacareando lalma questaba culeca en el rincón y la Circacia dijo: “¡Güenostá que les asusten los frijoles, por egóishtos y despreseyantes!” y se carcajió en la barriga y siacabuche.

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